La Leyenda de Zelda: El origen de una épica historia

Hay aventuras que existen con un propósito bastante filosófico: Ser inmortal.

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Pocas historias tienen la suerte de ser consideradas legendarias. Después de todo, alcanzar este estatus requiere de un esfuerzo de proporciones épicas. Y es precisamente esta última palabra la que define a La Leyenda de Zelda.

La odisea de un héroe entre hombres que debe enfrentar al mal suele ser un relato bastante común en el mundo de los videojuegos. Entonces, ¿Qué hay de especial en todo esto? Pues simple. Esta historia en particular está destinada a ser una leyenda, un culto, un mito. Es una de esas experiencias que te marcan para toda la vida.

Explicar toda la aventura de La Leyenda de Zelda no es tarea fácil. Su línea no canónica requiere que conozcamos de diversos conceptos específicos para luego continuar con otros. Por eso, y como diría el ilustre Lewis Carroll, lo mejor es “empezar por el principio”.

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La Creación del Mundo

Cuando solo existía oscuridad en la tierra y nada habitaba en ella, tres deidades conocidas como Las Diosas de Oro deciden inyectarle vida a este inhóspito lugar. Viajaron desde una nebulosa muy lejana, tan lejana que su estela era tan solo una estrella en el firmamento del universo.

Eran conocidas como Din, la diosa del poder, Nayru, la diosa de la sabiduria y Farore, la diosa del valor. Cada una de ellas aportó su esencia en la creación de este nuevo mundo.

Din, con sus brazos de fuego tan resplandecientes como el sol, forjó la tierra y cultivó los campos. Farore, con su alma bondadosa, creó todas las formas de vidas que habitarían en él y Nayru, con su inteligencia superior, esparció su sabiduría en la tierra y aportó el espíritu de la ley.

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Una vez cumplida su labor, el trio de Diosas ascendió a lo más alto del cielo y allí unificaron la esencia de cada una en un símbolo de poder conocido como La Trifuerza. Dicho símbolo tenia la capacidad de conceder un deseo a aquella persona que lo dominase en su totalidad, pero en caso contrario, el portador solo obtendría un fragmento con el cual tuviese más afinidad (valor, sabiduría o poder).

Debido a que la trifuerza no diferencia entre el bien y el mal, su existencia podría crear épocas prosperas o terribles destinos. Por lo tanto es elegido un protector capaz de defender el símbolo de las fuerzas del mal. Esta tarea se le fue asignada a la Diosa Hylia. Este ente divino juró proteger con su vida todo lo creado por las Diosas de Oro.

El sacrificio de la Diosa

Mantener este juramento no fue fácil. Es en este punto de La Leyenda de Zelda cuando el curso de la historia toma un giro que lo cambiaría para siempre.

El mito de la Trifuerza se extendió y fueron muchos los que ansiaban obtener tan colosal poder. Entidades malignas con intenciones oscuras se idealizaban a si mismos con el control total de la tierra. Uno de ellos, el más peligroso, fue conocido como El Heraldo de la Muerte.

Este demonio, proveniente del infierno, reunió a un grupo de monstruos y juntos atacaron la superficie. Mucha sangre fue derramada, cuerpos sin vida se hallaban en lugares donde antes había paz. La guerra había comenzado y era tan solo el inicio.

El número de muertes era alto. Para evitar más descensos la Diosa Hylia decide enviar a los pocos sobrevivientes a los cielos. Un pedazo de tierra es suspendido en el aire y es cubierto con una barrera de nubes. Jamás el mal llegaría a este lugar. No conforme con esto, la Trifuerza es asignada a este sitio, donde permanecería segura en una edificación llamada La Torre de los Cielos.

Una vez que estos humanos estuvieron a salvo, una batalla épica se llevo a cabo en la superficie, con la Diosa Hylia al frente de las tropas. Cinco tribus dieron apoyo a la protectora del símbolo para derrotar al Heraldo de la Muerte. El bien y el mal bailaron una vez más.

La justicia se hizo presente pero los costos fueron muy altos. La Diosa logró detener el avance del demonio al encerrarlo en un sello pero quedó gravemente herida. Consciente de que esta acción no perduraría para siempre, decide renunciar a su condición divina. Esto le permitiría transferir su alma a una futura mortal y usar la Trifuerza para restaurar la paz. La razón de esto es que ningún Dios era capaz de usar el poder de esta reliquia.

Con sus ultimas fuerzas la protectora del símbolo decide crear un guardián para su arma, la espada divina, la cual guiaría a un héroe venidero en su lucha contra el mal.

La Era del Cielo

Los años pasaron y la prosperidad reinaba en aquel sitio que se encontraba más allá de las nubes. Con el tiempo este lugar se conoció como Altárea. La civilización creció y cada quien desarrollaba un papel dentro de la sociedad.

Es aquí cuando La Leyenda de Zelda se enfoca en el emblemático personaje que todos conocen, Link. El valiente héroe pertenecía orgullosamente a la academia de caballeros de Altárea. Ademas era amigo de una hermosa joven llamada Zelda.

No era coincidencia que se conocieran. Ya estaba escrito en sus destinos. Un infame día y luego de una serie de eventos, la joven doncella es absorbida por un torbellino que la desciende del reino de las nubes. Esto marcó la primera vez que un humano volvió a la superficie.

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Por su parte Link es visitado por un espíritu que le informa sobre su deber de rescatar a Zelda. Sin pensarlo dos veces, se lanza a la superficie en busca de su amiga.

La vuelta a la tierra termina siendo bastante reveladora para todos los involucrados. Ya la suerte estaba echada y ellos no lo sabían. Zelda no es más que la reencarnación de la antigua Diosa Hylia (De aquí surge el nombre de La Leyenda de Zelda). Link es el héroe escogido por dicho ente para luchar contra las fuerzas del mal, esto conlleva a que sea portador de su arma, la espada divina.

No hay un dos sin tres y con el tiempo descubren que no están en Altárea por un oscuro motivo. En la superficie conocen a Grahim, un demonio que termina siendo la reencarnación del antiguo Heraldo de la Muerte.

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Siglos después de su derrota esta oscura alma aun buscaba el poder de la Trifuerza. Al tener conocimiento de que su rival, La Diosa Hylia, ya no existía, pudo romper el sello que lo mantenía cautivo. Se llenó de odio y venganza por lo que su objetivo era más fatal esta vez. Capturó a Zelda y Link empezó una legendaria epopeya para reencontrarse con la futura princesa del reino.

La Maldición del Destino

Una vez completada la odisea, Grahim le da la oportunidad a Link de enfrentarlo en un duelo final. Con mucha dificultad, el famoso héroe vestido de verde logra derrotar al demonio. Para su sorpresa este le felicita por su victoria y a continuación le profesa una maldición que será infinita en el universo de La Leyenda de Zelda:

¡Humano, me has vencido! Tu fuerza es increíble… Te felicito… Pero te lo advierto… Esto no acaba aquí. Yo… te condeno… La maldición de los demonios… te perseguirá para siempre en un círculo sin fin. ¡No lo olvides! ¡La nuestra será una lucha eterna! Ustedes, los poseedores de la sangre de la Diosa y el alma del Héroe… nunca escaparán a este ciclo interminable al que yo los condeno. Mi odio resurgirá y los perseguirá una y otra vez. ¡Esta batalla seguirá por toda la eternidad!

Dicho esto Link absorbe los restos del espectro en la espada de la Diosa y acaba con todo. Temporalmente.

Este suceso origina todas las tramas de los videojuegos. Cada edición es un relato, de algún punto en la historia, sobre la reencarnación de estos tres entes. Es una eterna batalla sinfín que se vuelva legendaria cada vez más.

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Desde un punto de vista filosófico, es un recordatorio de que el bien y mal coexisten. De que hay momentos buenos y momentos malos. De que no somos unilaterales, si no mas bien, plurilaterales.

La Leyenda de Zelda resalta tres aspectos importantes para la vida: el valor para afrontar nuestros miedos, la sabiduría para tomar optimas decisiones y el poder para no olvidar lo grande que podemos llegar a ser.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido Link, un ser que debe afrontar grandes riesgos. He allí donde encuentras el alma de toda esta historia. No eres un humano controlado a un héroe, eres un héroe siendo un humano.

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